Demonios I

Busco a alguien que me crea cuando le digo que tengo demonios. Y cuando los vea, se quede.

...

A principios del verano, mi hermano y yo fuimos a visitar a mi abuelo. Él era un hombre bastante solitario que vivía a las afueras de la ciudad, en un pequeño pueblo llamado Gonh.  
Mi madre nos había pedido que le lleváramos algunos libros viejos de la abuela que ella había estado leyendo mientras estaba en el hospital. En el funeral, él nos contó que aquellos escritos eran una reliquia, que habían pasado de generación en generación dentro su familia. Y que los quería de vuelta antes de que a mi madre se le ocurriera venderlos en el mercadillo.
Ellos nunca se habían llevado bien, pero siempre que íbamos a verle nos recibía con los brazos abiertos y comíamos deliciosa fruta y caramelos de miel que él mismo fabricaba.

A mi madre no le importaba mucho si nos quedábamos el fin de semana con él, ya que estábamos de vacaciones y según ella había que ser personas de provecho y ayudar en lo que pudiéramos al abuelo.
Luego de empacar los libros, cogimos el bus que nos dejaba muy cerca de su casa. Llegamos sobre el medio día y él ya nos tenía preparados unos bocadillos de queso y mermelada. Pasamos el día jugando con Pi, el pequeño cerdo vietnamita que mi abuelo tenía de mascota. Más que un cerdo había aprendido a traer la pelota y se tiraba al suelo para rascarle la barriga como si de un perro se tratara. 

Al caer la noche, cuando nos disponíamos a dormir, oímos un fuerte ruido en la cocina. Pi, que estaba acostado con nosotros, bajó espantado y se metió debajo de la cama. Sentí como mi hermano pequeño, Alex, temblaba y cómo aquel ruido volvía a repetirse aún más fuerte.
Era mucho más valiente que los niños de mi edad, así que cogí de la mano a mi hermano y nos dirigimos al salón. El ambiente era muy extraño y frío. Alex solo quería regresar a la habitación y encerrarse, pero yo tenía que saber si mi abuelo se encontraba bien. Además, el único teléfono que podíamos utilizar para pedir ayuda estaba en la cocina. 

En cuanto llegamos a la puerta supe que algo raro había ocurrido. Era como mirar a un espejo, todos los muebles de la cocina estaban en el lado contrario al que debían estar. En la mesa estaba uno de esos libros antiguos de la abuela y justo encima recitando una de sus líneas estaba la criatura mas delgada, oscura y triste que había visto nunca. 



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